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José Ignacio Jiménez Blanco en la Universidad Francisco de Vitoria

José Ignacio Jiménez Blanco en la Universidad Francisco de Vitoria



Discurso pronunciado por José Ignacio Jiménez Blanco, Vicepresidente de la Asociación Yad Vashem España, en la Universidad Francisco de Vitoria con motivo del acto realizado en memoria de las víctimas del Holocausto

Fecha: 23 de Enero de 2019

Salutaciones.

Me corresponde dirigir unas palabras en este emotivo acto en nombre de Yad Vashem, máxima Autoridad Internacional para la Memoria de las Víctimas del Holocausto.

En este día recordamos y homenajeamos a las víctimas del genocidio del pueblo judío perpetrado por la Alemania Nazi en la primera mitad del siglo XX. Millones de personas murieron gaseadas, tiroteadas, torturadas o hambrientas. Una tragedia sin precedentes, la mayor catástrofe humana de la Historia. 

El día de la liberación de Auschwitz, que recordamos hoy, era un día frío, oscuro. El 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas que entraron en el campo encontraron allí unos pocos niños, ancianos y enfermos abandonados. Los nazis habían huido -como las ratas- unos días antes, llevando consigo a miles de personas a las que aún pretendían hacer trabajar en la maquinaria de guerra alemana. Eran las marchas de la muerte, el último y dantesco escenario del Holocausto.

La liberación de Auschwitz fue la constatación definitiva de los crímenes nazis, pero también de un enorme fracaso de la Humanidad. Los aliados y los soviéticos, que sabían lo que estaba ocurriendo en los campos, tenían otras prioridades en la guerra. Cuando llegaron a Auschwitz ya era tarde, muy tarde. El mal estaba hecho. Lo mismo ocurrió en todos los demás campos liberados, que se contaban por miles. En Bergen Belsen cuando llegaron los aliados acababa de morir, pocos días antes, Ana Frank, víctima del tifus y también del odio. Llegaron tarde, muy tarde. Algo que no nos perdonaremos nunca.

La Shoah es una tragedia judía, pero también lo es de toda la Humanidad. Cualquier persona de bien debe solidarizarse con aquélla y sentirse concernida. Fue la obra de unos hombres contra otros hombres, y eso es lo más duro de aceptar y lo más difícil de comprender.

La magnitud del Holocausto es absolutamente estremecedora. Muchos millones de judíos murieron en los campos, en las cunetas, en las carreteras, en los ghettos, en un escenario de locura colectiva, una orgía de violencia obscena que avergonzará a la Humanidad por los siglos de los siglos.

Es asombroso pensar que aquellos judíos perseguidos fueron capaces, en medio de la tragedia, de crear facultades universitarias -como en el ghetto de Varsovia-, escribir y representar óperas Brundibár, en Terezín-, o escribir diarios tan emotivos como el de Ana Frank, escondida durante dos años en un espacio cerrado (“el Anexo”) de su casa de Amsterdam. Y, por supuesto, mantener sus celebraciones y ritos religiosos, en las peores condiciones imaginables. 

Como nos dice Víctor Frankl, aquéllos con mayores convicciones religiosas fueron los que mejor sobrellevaron su desgracia: siempre había una esperanza que daba vida a los internos, que les permitía vivir un día más, y soñar con el día en que aquélla tragedia acabaría. Pero fueron muy pocos los que lograron sobrevivir.

El Holocausto debe medirse también a través de lo que se perdió: el talento que no se pudo desarrollar, las novelas, poesías o partituras que nunca se escribieron; las ideas que no florecieron, los descubrimientos científicos que no vieron la luz, los avances tecnológicos que no se produjeron. Todo ello viajaba en las cabezas de aquellos que se hacinaban en los vagones de los trenes de la muerte, camino de los campos de exterminio. 

El Holocausto también supuso muchas otras pérdidas personales irreparables: los matrimonios que no se celebraron, los hijos y nietos que nunca nacieron, los niños que nunca jugaron, los novios que no se besaron, los amores que no se declararon. En suma, las vidas que no se vivieron. Lo que pudo haber sido y nunca fue.

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La Shoah es el paradigma de la tragedia humana. Es una lección del pasado para el presente y sobre todo, para el futuro, para las generaciones venideras. Como dijo Primo Levi, ha ocurrido y, por tanto, puede volver a ocurrir. Y es también una lección moral que debe servirnos para mantenernos en guardia ante las actitudes contemplativas frente los preocupantes momentos que se viven actualmente en Europa, con el resurgir de los extremismos, la xenofobia y el antisemitismo. 

La única forma de evitarlo es mantener siempre vivo el recuerdo de las víctimas y conmemorarlas cada año como hacemos aquí hoy, y también perseverar en su estudio y profundizar en el análisis de sus orígenes y sus causas, como hace Yad Vashem. El Holocausto es el verdadero espejo donde el ser humano puede mirarse para saber hasta dónde se puede llegar –cuan bajo se puede caer- cuando se abandonan los valores, se desprecia al diferente o se margina a la minoría. En suma, cuando se nos olvida que todos somos personas, que todos somos Hijos de Dios -del mismo Dios, y que todo ser humano, por el mero hecho de haber nacido, merece una dignidad que debe prevalecer sobre las ideologías o los credos, políticos o ideológicos, de cualquier tipo.

Es ahora, más que nunca, cuando más arrecian los revisionismos y los negacionismos, y también cuando el paso inexorable del tiempo nos va dejando sin la compañía de los supervivientes de la masacre –hoy ya tan escasos-, cuando debemos defender y ahondar en la Memoria del Holocausto, con la misma fuerza y valentía que esos supervivientes -como Rhoda Abecasis, afortunadamente hoy con nosotros, y por muchos años- nos han demostrado, desde el fin de aquellos días de barbarie, horror y oscuridad.

En nombre de YV, muchas gracias a todos.